Es una tontería, pero lo hice. La primera vez que te tiré un brócoli apenas hervido y sin sal, me sentí culpable. ¿Cómo es que jamás me di cuenta que me alimentaba tan miserable? También sentí pena, quizá habrías pensado que era yo una papa.
Comencé a ver videos en internet. Recetas vegetarianas, mientras charlaba contigo en la otra pestaña sobre nimiedades como gatos en scooters y canciones a maullos.
Aprendí a hacer coliflores en salsa de tomate.
Si, de tomate.
Lo hice ya cuando era demasiado tarde. Ya estabas enfadado conmigo, ya me habías roto varias veces. Así que salí a dar un paseo por el pasillo de la panadería pues siempre huele a mantequilla, y el olor a mantequilla me distrae de mi misma. Encontré pan de ajo, sazonado con otras hiervas. Tuve una pequeña riña con la panadera, que no entendía que necesitaba ese pan en bolsa de papel para lavar mis culpas.
La coliflor estaba en casa. Junto a los tomates y el queso que no sabía que hacerle.
Comencé a pensar en ti. En las cosas que te gustaban, y en cómo apreciabas que no usara aceite para nada. En tu lengua de hojita, en tus mejillas de centeno.
Hice pedacitos mi coliflor una a una, con delicadeza y concentración, retirando cada tallito un poco demasiado largo. Esos que son amargos y a nadie le gustan.
Puse agüita con sazonador de verduras. Los jitomatitos los licué junto a un ajo pequeñito. Pequeñito como tu nariz memorable. Lloré un poquito ¿Porqué no quiere él estar aquí?
La mezcla borboteaba en sí misma. Salpicó mis manos cuando puse el queso a gratinar. En este punto yo no supe si realmente debía seguir cocinando o irme a llorar.
A las 11:54 corté dos pedazos de la hogaza de pan de ajo. Puse una cama de jocoque y encima las coliflores.
Lloré otra vez.
Si tan solo quisieras estar aquí...
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Keep calm and post